Aún recuerdo su mirada aquella primera vez,
la tristeza jugando a las escondidas en las ventanas del alma,
su sonrisa angelical recordando que no todo está perdido,
la súplica de su esencia por un regreso del que yo ya sabía,
y su incertidumbre por desconocerlo.
Aún están en mi, los perfumes, la suavidad, el brillo,
la oscuridad del andén y la claridad del deseo,
el néctar de sus besos camuflando alguna lágrima,
las palabras no dichas,
los recuerdos del pecho saliéndose del corazón.
Viven en el mundo de los placeres las preguntas y las respuestas
que bajo la sombra, o al calor del sol de dos días de noviembre,
marcaron el comienzo de algo realmente mágico.
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