miércoles, enero 25, 2006

Número 34

Una tormenta estalla en mi pecho
y desearía la calma de la rutina;
quiero olvidar los oscuros callejones
que habitan tu pasado
aquellas anécdotas que retuercen
mi alma sumida en ácido
lágrimas corrosivas que marcan con cicatrices
las heridas que mi mente crea
en cada diálogo cotidiano
que la historia te acerca
en cada parque, en cada esquina.
Quiero imaginarte, sin vida,
o no imaginarte,
soñar con tu nacimiento
a las puertas de tus ojos
en un cuarto con una canción
una tarde de noviembre
de despedidas en la estación.
Oprimen en el pecho recuerdos
que nunca tuve,
victoria de mis nervios
hasta tus caricias,
soledad que me obliga
al flagelo de pensar en tu ayer
y no en la mirada de hoy
a los pasos que te acercaron
y no a las pequeñas muertes
que con diamantes engarzaste.
Y aún así quiero sonreir
porque te voy a abrazar
y no habrá nada
sólo vos, yo, y ese momento.

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